lunes, 10 de octubre de 2011

La Cárcel (Capítulo 1)


La oscuridad se encontraba en silencio, no se oía mas que unas pequeñas gotas de agua que caían del techo y golpeaban directamente contra un pequeño riachuelo entre los muros. De repente aquella supuesta paz se vio interrumpida por varios pasos rápidos, pasos secos que golpeaban en el suelo firme mientras su respiración agitada le hacía no darse cuenta del frío del lugar.

Que largo se le había hecho aquel viaje, la libertad es parte del ser humano, pero no la siente a todas horas no, está atado al hecho de no poder hacer todo lo que quiera, de vivir y ser simplemente feliz, porque las personas no se entienden, y la libertad de unos, es la prisión de otros. Él se sentía libre, aunque solo fuera unos instantes valdría la pena todo ese calvario que pasó, todo lo que tuvo que aguantar y todo lo que tuvo que luchar.

Su corazón comenzó a bombear aún mas rápido, comenzó a pensar en aquellos extraños ruidos que se escuchaban a lo lejos, ¿Le habían encontrado? ¿Le habrían descubierto en su huida? Si le capturaban le capturarían muerto, la verdadera libertad se daría cuando muriera, porque entonces nadie mas que él sería su prisión, si quiera su cuerpo, solo sus pensamientos. Ahora en aquel momento, recordaba todo lo que había pasado, todos a los que había visto y a los que había perdido, y ahora estaba solo en medio de esa oscuridad.

No sabía cuanto tiempo había pasado desde que le habían metido en aquella supuesta cárcel. Le habían encarcelado por razones que no vienen al caso, incluso el propio hombre había olvidado su nombre, allí solo tenía un simple número de tres dígitos, el quinientos ochenta y tres. Allí les aislaban entre ellos, no había una sola persona que se encontrara con otra en su misma celda, solo se encontraban en un momento, el momento de la pelea.

Aquel lugar se enriquecía mediante batallas entre sus propios reclusos, e incluso contra animales de los mas extraños y variados, parecía una especie de coliseo moderno, en el cual los reclusos eran los gladiadores y los ricos los espectadores, donde el emperador es el alcalde. No sabía porque le hacían pelear entre ellos, el porque de matarse unos contra otros, de intentar buscar el método de vencer y sobrevivir, quizás fuera, porque la supervivencia era el ser del mismo ser humano, su razón para seguir avanzando, porque aunque caigas te levantas, y sino te levantas y mueres, eres libre.

Su primera mañana en aquel lugar no tuvo que luchar, tuvo suerte, ya que a los nuevos inquilinos de aquel lugar los entrenaban en las artes de la guerra. ¿Es que acaso pretendían preparar a un ejército? Eso fue el primer pensamiento que se le pasó por la cabeza al ver a aquel soldado calvo, con músculos como su cabeza de anchos y con el pecho descubierto, orgulloso de ser como era.

Lo primero que sintió en mucho tiempo era temor, aquello no era entrenar, era casi literalmente, un infierno. Un golpe en su rostro le hizo volver a la realidad, le obligaba a intentar golpearle con todas sus fuerzas, a intentar matarlo como pudiera, dudó, y volvió a ser golpeado, cayendo al suelo con peso muerto y volviéndose a levantar por miedo a ser maltratado, ese día cayó en su cama sangrando por todo el cuerpo, miedo le recorría las venas e incluso ira, pero de nada servía, no saldría de allí por años ¿Qué haría una vez estuviera fuera? Era la pregunta que se hacía en su cabeza.

Los primeros días fueron los peores que pudo pasar en su vida, nunca antes había sufrido tanto, había sangrado tales ríos de sangre, ni si quiera se había curado tan rápido. Las comidas al menos eran generosas, aunque no en lo que se podía esperar, todo lleno de carne, proteínas para que el cuerpo aguantara mejor los golpes, al menos no se podía quejar de ello, aunque seguía siendo un infierno, cebar para volver a luchar, un círculo irreversible, al menos por ahora.

Pasaron algunas semanas hasta que finalmente le llevaron a la arena de batalla. La tierra se encontraba por todo el suelo mientras que las gradas se encontraban protegidas por una gruesa capa de cristal o plástico, no podía adivinar que era, y ni si quiera se fijaba, lo que tenía frente a él era algo mayor a lo inimaginable. Un gran rugido se sucedió en la arena, eran cuatro hombres los que se encontraban allí y temblaban si, temblaban de pavor.

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